Original Sin: Kage no Michi

Capitulo 1

Los Aguijones

-¡Te digo que es la única explicación! ¡El Rey Demonio esta muy interesado en doblegar primero este país! –clamó, por tercera vez, el mercenario.

-Y yo te digo que has bebido demasiado. O si no es eso, simplemente estas muy paranoico –le respondió su compañero de armas.

Ambos hombres bebían en un bar al aire libre. Apenas era la Quinta Hora de Luz, pero este establecimiento continuaba recibiendo ordenes de clientes sin parar. No eran pocos los mercenarios que volvían de sus incursiones, además de los que utilizaban este campamento como base. Sumando a los viajeros y comerciantes de paso, una compañía militar de la Frontera Roja que se había extraviado, los nómadas migrantes, y algunos extras más que habían llegado por quien sabe que razones, el lugar estaba repleto.

El bullicio en el bar era tan ruidoso que ambos hombres debían conversar a gritos. Ellos pertenecían a la clase más común de mercenarios, esa a la que apodaban “Carroñeros”. Su trabajo era revisar periódicamente los territorios de la Frontera Roja cercanos al campamento, en busca de algún grupo de Demonios que hubiera escapado al cerco del Ejercito Real. Les pagaban por cada uno que liquidasen.

Por supuesto, este dinero no alcanzaba para nada. No porque fueran pocos los Demonios que se filtraban fuera del Territorio Vedado, si no porque había docenas de grupos de Carroñeros explorando los territorios circundantes. Era casi un juego de azar, patrullando en busca de cualquier monstruo que les pudiera reportar un ingreso. Y los días infructuosos simplemente acababan haciendo tareas básicas, para ayudar a mantener el campamento en buen estado y ganar algunas monedas.

La noche anterior habían tenido suerte: Un Demonio intentaba esconderse en los pastizales, pero alcanzaron a verlo primero. No fue difícil para el grupo de cuatro acabar con él. Y ahora, dos de ellos estaban aquí, despilfarrando el dinero recién adquirido en placeres pasajeros.

Típico día para un par de Carroñeros.

-¡Fíjate que es cierto! ¡El Rey Demonio viene a por nosotros! –exclamó el ruidoso mercenario después de un instante de silencio. Sus mejillas estaban enrojecidas, señal de su estado de ebriedad.

-Si fuera verdad, ya estaríamos muertos. Y los Demonios estarían sacándole la piel a nuestros cadáveres –su compañero estaba mucho mas lucido, recostado en la silla de madera-. Es obvio que esta cantidad de bestias atacan en todos los países a la vez, no tenemos nada especial para llamar la atención de sus tropas.

-¡Que si hay algo extraño aquí, Crajers! –volvió a insistir el mercenario bebido, luego de vaciar su quinta jarra del día de un solo trago.

-Es Crijiers –le corrigió su compañero-. ¿Por qué tanta fijación a ese tema? ¿Prefieres que haya menos Demonios que cazar, Fuodza?

-¡Obviamente no! Bueno, preferiría que no hubiera Demonios en primer lugar –gruñó Fuodza, limpiándose restos de cerveza de su corta barba-. Pero no puedo sacarme de la cabeza las palabras de ese sujeto. ¿Te acuerdas de la compañía militar de la semana pasada? ¿Esos que volvían del Reino vecino?

-Si. Hicieron un escándalo con el jefe del campamento por las condiciones de viaje que tuvieron. ¿Qué culpa tenia él? Es obvio que si vas como refuerzo a las fronteras ajenas, será un viaje duro. ¡Y ni que hubiera sido el jefe quien los mando! –recordó Crijiers, resoplando de irritación. Estaba cansado de tantos pelotones despistados que venían a molestar aquí porque se había perdido. Sólo daban problemas.

-Como sea. Uno de ellos estaba quejándose con la chica que contrató en la habitación junto a la mía. Y lo hacia a los gritos –Fuodza se acercó a su compañero, para hablarle en privado, cosa inútil porque nadie en realidad les prestaba atención-. Dijo que el número de Demonios en ese Reino vecino era mucho menor. Se quejaba de que parecía que los habían enviado para nada, porque las tropas locales hicieron todo el trabajo y ellos estuvieron varios días matando el rato. ¿No te parece extraño?

-Ciertamente, hay algo raro allí. Si las tropas del Ejercito Real holgazanearan mas de lo que ya lo hacen, estaríamos  peleando día y noche contra esos malditos monstruos –Crijiers se rascó la barbilla lampiña-. Tienes un punto. Podría ser que estén concentrándose en este país. Pero no creo que sea por nada en especial. Si yo fuera su estratega, hace años me habría dado cuenta de la cantidad de agujeros en el cerco del Ejercito Real. Seguramente por eso tienen este país en la mira.

Ambos intercambiaron expresiones preocupadas.

-¿Crees que sea buena idea largarnos? A este paso, el Reino no durara mucho tiempo más. Si ocurre otra Gran Matanza, seremos los primeros en ser desollados vivos –murmuró Fuodza. Su compañero no pudo oírle bien por todo el alboroto alrededor, pero capto la idea de lo que intentaba comunicar.

-¿Y adonde iríamos sin dinero? Cualquier puesto fronterizo nos haría regresar a punta de espada. ¡Nadie quiere a los refugiados pobres! –totalmente pesimista, Crijiers destrozó las esperanzas del borracho-. Además, aparte del Imperio, no hay más naciones capaces de plantarle cara a un ejército tan grande. Tarde o temprano van a caer. Y ya sabes lo que opina el Imperio de los demás países.

Fuodza trago saliva. Cada vez que algún comerciante del Imperio pasaba por ahí, afirmaba fuertemente que su nación no toleraba a los cobardes países vecinos. Que si no hubiera un enemigo como el Rey Demonio, con un poderío tal que les obligaba a gastar todos sus recursos militares, ya hubieran conquistado a todos los Reinos aledaños.

Eso sin mencionar las formas increíblemente despectivas que tenían todos los mensajes de las Tropas Imperiales a los puestos de avanzada y campamentos cercanos a su Frontera Roja, como este. Eran advertencias periódicas de no entrar al Imperio bajo ningún motivo, incluso si eran perseguidos por un ejército de Demonios. Las insinuaciones que hacían eran tan horribles, que nadie intentaba probarlas.

Los piadosos comerciantes trataban de advertirles que, literalmente, serian decapitados si ponían un pie en el Territorio Imperial.

-¿Qué diablos les pasa a esos sujetos? ¡Que nosotros no somos el enemigo! ¡Combatimos a los Demonios igual que ellos! –se quejó Fuodza, sujetándose el estomago. Empezaba a sentir los efectos de ingerir tanta cerveza.

-No tengo idea. Lo mas probable es que ven este país como algo inútil, así que no somos igual que ellos –razonó Crijiers-. En el mejor caso, gente como nosotros deben parecerle escudos de carne para algún soldado de la clase mas baja. En el peor, nos cortaran las piernas y las asaran para la cena.

-¡Aggghh! –ante la mención del canibalismo, Fuodza se encogió, con nauseas.

-Si, a eso me refiero. Allá estaríamos seguros de los Demonios, pero no podemos decir lo mismo de los demás humanos –vacío una jarra enorme, refunfuñando-. ¡Maldito Rey Demonio! ¡Maldito Ejercito Real! ¡Maldito Imperio! ¡Malditos Dioses que se sientan a mirar como nos pudrimos!

-¡Malditos todos! –coreó Fuodza.

Ambos hombres chocaron sus jarras, gritando improperios contra todo el mundo.

En lo que se distraían, una conmoción empezó a extenderse por el campamento.

-¿Qué pasó? ¿Ataque de Demonios en masa? ¡Vamos a morir! –chilló Fuodza, hablando solo.

Un sujeto del mantenimiento de establos que pasaba por allí le escuchó, y comenzó a negar con la cabeza.

-No son Demonios, señor. Ha llegado un grupo de Cazadores del Territorio Vedado. ¡Es El Destajador, y trae consigo cien cabezas demoníacas! –dicho esto, se largó rápidamente a atender sus deberes.

Los dos Carroñeros intercambiaron miradas sorprendidas.

-¿¡Cien cabezas demoníacas!? –Crijiers murmuró esas palabras en voz alta, ante la dificultad de asimilar su significado-. ¿Te das cuenta de lo que eso significa?

-¿Qué ellos son mejores que nosotros? –respondió Fuodza.

El grupo que regresaba no era uno de Carroñeros. Eran “Aguijones”.

Se trataba de una profesión mucho más arriesgada. Ellos no eran tan cobardes como para esperar a que las tropas del Rey Demonio vinieran, enfrentaran al Ejercito Real, y pasaran de a uno entre los agujeros de la inestable Frontera Roja.

Los Aguijones entraban en el Territorio Vedado.

Luego de conseguir un permiso especial, ingresaban periódicamente. Mientras los Carroñeros eran un sistema de seguridad que impedía que los Demonios invadieran los terrenos privados de los nobles, y el Ejercito Real era la fuerza principal encargada de hacerles frente, los Aguijones se adentraban entre las filas de los Demonios. Confiando únicamente en sus habilidades, causaban tanto daño como les era posible, y regresaban triunfantes.

Por supuesto, la paga que recibían por sus hazañas era más que generosa. Incluso así, no había demasiados candidatos para convertirse en Aguijones. Nadie sabía con certeza cuantas bajas sufrían estos grupos. Si eras atrapado por Demonios allí afuera, no había que ser muy listo para imaginarse la clase de final atroz y horrible que tendrías. Por no mencionar que tu cadáver nunca seria sepultado, y era muy probable que lo profanaran de toda forma posible.

En definitiva, o tenias éxito, o te esperaba la muerte.

Y El Destajador era una de esas personas que habían tenido éxito.

-¿Quieres ir a ver? –preguntó Crijiers a su compañero.

-¿Para qué? ¿Morirnos de envidia? –se quejó Fuodza, terminando la jarra que tenía en sus manos-. Déjalos, que sigan en lo suyo. Que disfruten de la gloria mientras puedan. Tarde o temprano, acabaran mal.

Con un último eructo, el Carroñero se durmió sobre la mesa, producto de la ebriedad. Su compañero suspira, intentando incorporarse, pero le falla el equilibrio y termina en el suelo.

Tirado en la tierra, comienza a sentir vibraciones crecientes, producto de los pasos de muchas personas. Alza la cabeza, contemplando cómo se acerca una gran multitud, siguiendo a un grupo de hombres que caminan solemnemente a la cabeza.

Tras ellos, los recién llegados arrastran sacos enormes.

-Así que no era necesario ir a verlos, ¿eh? –murmura Crijiers. Se queda contemplando la forma en que la gente del campamento les adula, ofreciéndoles todo tipo de productos a su llegada, desde tragos hasta sexo. Era evidente para el Carroñero que cargaban en esos sacos abultados.

Cabezas. Cien cabezas de Demonios. Una extraordinaria proeza.

Antes de siquiera notarlo, esta intercambiando miradas con el líder del grupo, el hombre más alto que encabeza la marcha. Los ojos de este se clavan dolorosamente en la figura patética del mediocre Carroñero borracho.

Una armadura pesada de cuero y acero. Cargaba un mandoble con una oscura hoja rojiza. Una cicatriz entre sus ojos, producto del ataque de algún Demonio en su juventud. Era la viva imagen del poder de la humanidad.

Sin embargo, su mirada dio escalofríos al hombre tumbado en el suelo.

Esa era la mirada de un loco, un monstruo inhumano.

Los ojos de Vourdred el Destajador hicieron temblar el alma de Crijiers, incluso aunque este ya se había alejado, seguido de cerca por su grupo y la comitiva que les acompañaba.


A El Destajador no le causo ningún impacto el hombre tendido en el suelo. Para él, un Carroñero mediocre no era importante. Si moría, otro más ocuparía su lugar. Eran tan desechables como los ineptos e inexpertos soldados del Ejercito Real.

Tarde o temprano, iban a morir por su pasividad.

En cambio, cada uno de los hombres que le acompañaba era capaz de enfrentar a los Demonios por sí solo. Se habían curtido en el campo de batalla, preparándose para, en un día no muy lejano, enfrentar al enemigo de manera desesperada.

-¡Es suficiente, señoras y señores! –exclamó uno de los Aguijones, haciendo gestos teatrales. Druess era el portavoz del grupo, gracias a su elocuencia y creatividad-. Acabamos de regresar de un duro viaje de tres días al Territorio Vedado, deslizándonos con cautela entre hordas y hordas de Demonios sedientos de nuestra sangre. ¿Nos acosaran a preguntas, en el estado extenuado en que nos encontramos?

Los aduladores fueron completamente captados por las palabras de Druess, y comenzaron a dispersarse.

Estaban frente al único hospedaje solido del campamento. El rustico edificio de madera podía albergar a unas doscientas cincuenta personas como máximo, siendo todas estas casi siempre Aguijones, o funcionarios del Ejercito Real que venían a hacer las revisiones regulares.

Este tipo de lugares eran los sitios donde el grupo de Vourdred recuperaba sus fuerzas luego de cada incursión al Territorio Vedado, al otro lado de la Frontera Roja.

En la puerta, los guardias armados se hicieron a un lado para permitir la entrada a los inquilinos. El mayordomo, quien también era el encargado y dueño del lugar, les dio la bienvenida con una reverencia. No necesitaba ni que se identificaran, eran tan conocidos que podía reconocerlos solamente al darles una mirada.

-¡Bienvenidos! ¡Estábamos esperando vuestra llegada! –comenzó a decir. Alzo la cabeza, acariciándose el bigote-. ¡Por favor, acepten una muestra de nuestra hospitalidad! Tenemos el baño listo, y un banquete digno del Rey para agasajar a nuestros bravos guerreros que mantienen a los Demonios lejos de nuestras familias. La Casa invita, por supuesto.

Había sido alertado por sus empleados de la llegada del grupo de Aguijones, y había ordenado un repaso general a las habitaciones que usarían. Sin embargo, necesitaban algo de tiempo para tenerlas a punto, así que debía entretener a los clientes mientras tanto. Cuartos sucios era algo realmente malo para el negocio.

-No es necesaria la hospitalidad. Nuestras manos nunca vuelven vacías después de vernos cara a cara con los sucios y horribles Demonios –respondió Druess, haciendo una leve reverencia en respuesta a la del encargado.

Druess intercambio una mirada con Vourdred.

Vourdred hizo una seña a dos de sus hombres, los cuales sonrieron casi inmediatamente. Se acercaron, sacando de entre su ropa objetos brillantes.

Ante los ojos desorbitados del mayordomo, ellos le entregaron un pesado cáliz de oro incrustado con joyas, y un collar de plata con un zafiro en forma de estrella.

Estos tesoros fácilmente podían adquirir el hotel entero, incluyendo a las personas y animales que incluían el servicio. Era un pago absolutamente desproporcionado a la estadía en el hotel. Era como comprar un trozo de pan con monedas de oro.

-Esto… Es mucho… ¡Agradezco humildemente la generosidad que me ofrecen! –musitó el encargado, tratando desesperadamente de que no se notara la codicia en su voz. Incluso volvió a hacer una reverencia, para evitar que vieran el brillo en sus ojos-. ¡Les daré las mejores habitaciones durante toda la Época de Manzanos!

Se oyeron algunas risas.

-¿He escuchado la Época de Manzanos? Me temo que nos está malentendiendo, señor Látencer –el encargado se quedo en blanco al escuchar su nombre de familia. El jamás había pronunciado esa palabra en este campamento, para evitar cualquier problema-. Estas meras fruslerías no pueden pagar un establecimiento tan fino como el vuestro por tal tiempo. Simplemente, nos quedaremos una semana.

Las palabras de Druess dejaron a Látencer sin habla. Sus ojos parecía que se le iban a salir de las órbitas. Su quijada podría haber caído al piso si no estuviera ligada a su cara. Sus manos se quedaron heladas. Los guardias apostados alrededor estaban prestando mucha atención, admirando el brillo del oro y las joyas en estado de shock, pero él ni se daba cuenta.

Era imposible. ¿Acaso acababa de pasar lo que su cuerpo le estaba diciendo a su mente? ¿En serio? ¿De verdad? ¿Sin ninguna duda?

Esas personas, estos Aguijones… ¡¿Ellos realmente estaban dispuestos a entregarle a él estos tesoros increíblemente valiosos por nada?!

Los ojos del encargado se llenaron de lágrimas.

-Ustedes… ¡Vuestra generosidad me llega hasta el alma!

El mayordomo comenzó a derretirse en elogios hacia ellos, y no eran las típicas palabras zalameras que decía a los otros inquilinos. Están nacían de su profundo agradecimiento hacia el grupo de Aguijones. Desde el fondo de su corazón, sin exagerar.

-¡Agradecemos sus bellas palabras, honorable señor Látencer! –Druess dio una sonrisa limpia de oreja a oreja, mientras gesticulaba con sus manos de manera natural-. ¡Por favor, cuide de nosotros durante nuestra corta estadía!

Con estas palabras, los guardias que venían escuchando la conversación se hicieron a un lado, dejándoles ingresar al hotel. Vourdred hizo una nueva señal, indicándoles que entraran detrás de él.

Druess no fue detrás de ellos inmediatamente.

-Señor Látencer, ¿podría escuchar una última petición de nuestra parte?

-¡Claro! ¡Lo que quieran! –respondió éste, abrazando contra su cuerpo los tesoros.

-Vera… Los trofeos que trajimos del Territorio Vedado… Ya tenemos muchos –Druess soltó una risa irónica-. ¿Podría encargarse de estos? Al jefe dice que le gustaría ponerlos en la entrada del campamento, mirando hacia el Sureste.

-¿Hacia el Sureste? –preguntó Látencer. La Frontera Roja estaba al Sureste.

-Sí. De esta forma, les dará valor a nuestros compatriotas cuando salgan a enfrentar a los terribles Demonios. Sin mencionar que llenara de miedo los corazones de los monstruos que se atrevan a siquiera acercarse a este campamento –explicó el mercenario, actuando como si estuviera sobre un escenario, con un público ávido de ver su interpretación.

-¡Qué gran idea! ¡No se preocupe, yo me encargare de todo! ¡Vaya a limpiar su cuerpo, comer y descansar, buen hombre! –aseguró el encargado.

-Muchas gracias, señor Látencer. Me despido de usted, debo reunirme con mis compañeros. ¡Hasta luego!

Con un ademán, entro rápidamente en el edificio, con una sonrisa enorme en su rostro sucio y mal afeitado. Nadie vio su expresión apenas les dio la espalda.

-A ver, veamos que tenemos aquí –murmuró el dueño del hotel.

Tomó el borde de uno de los sacos dejados por los mercenarios. Del interior venia un olor espantoso a putrefacción, así que fue fácil para él adivinar que contenían. No era extraño que pasaran cosas como esas, eran muchos los Aguijones que traían trofeos para celebrar sus victorias contra el ejército demoníaco.

El hombre calculó que el tamaño de cada cabeza debería ser similar a un melón. Si así era, entonces el número de trofeos era mayor a los que se decía. Debían ser al menos doscientas.

-¡Señor! –llamó uno de los guardias. Parecía que estaba haciendo lo mismo que él, inspeccionando los sacos para ver qué clase de trofeos habían traído los Aguijones-. ¡Venga a ver esto! ¡RÁPIDO!

-¿Ah? ¿Qué sucede? ¿Hay algún problema? –Látencer se acercó al ver la expresión asustada del hombre. Se trataba de un Carroñero, así que cabezas de Demonio deberían ser cosas relativamente normales para él.

Sin embargo, olvido eso cuando sus ojos se posaron en el contenido de la bolsa.

-Esto… Esto es…

Por segunda vez en corto tiempo, se había quedado sin habla.

Lo que estaba dentro del saco era una sola cabeza. Enorme y maciza, los ojos estaban anormalmente separados entre sí. Sus dientes del tamaño de un ladrillo eran amarillentos, y en algunos había feas marcas negruzcas. La piel tenía un tono verdoso que recordaba al moho, y sin duda era más gruesa que la de cualquier Demonio. El poco cabello, del color de la paja sucia, eran matojos revueltos y enmarañados sobre las orejas de la criatura. La nariz era asquerosamente grande.

-¡Un Troll! –exclamó el guardia.

-Es demasiado grande –contestó Látencer.

-Una vez, vi uno de estos. Por suerte, estaba bien lejos cuando logre avistarlo –aseguró otro de los hombres, atraído por el escándalo. Su rostro estaba pálido-. ¡Es un Ogro de las Tierras Bajas! ¡En el Ejercito del Rey Demonio, estas cosas son usadas para arrastrar armas de asedio, o para llevarse por delante a compañías enteras de soldados!

-¿Cómo se las ingeniaron para acabar con este monstruo? –murmuró el primero, aterrorizado al ver la gruesa piel que tenia. Las espadas no podían cortar eso.

-Mira atentamente –respondió Látencer, señalando a los ojos del Ogro.

Ambos estaban atravesados por flechas largas. La derecha estaba partida, como si alguien la hubiera quebrado al intentar quitársela. La izquierda estaba completa, mostrando unas largas plumas de pato silvestre.

-¿Qué arquero podría darle a blancos tan pequeños? ¡Y eso en medio de una batalla contra un monstruo como este! –el segundo guardia tragó saliva-. ¿Qué clase de monstruos son esos Aguijones?

-Pues me alegró de estar en el mismo bando que ellos –aseguró el encargado, abrazando contra su pecho los tesoros que se le habían entregado-. Fuertes, generosos, educados… ¡Esta es la clase de hombres que salvaran a la humanidad del Rey Demonio!

Los guardias fueron completamente incapaces de refutar sus palabras. Ante la vista de esa hazaña, no tenían forma alguna de expresar lo que sentían en palabras.


En palabras simples de explicar, ¿qué es un regalo?

Un regalo tan generoso era un acto claro de amabilidad, un gesto de personas con gran corazón. Una muestra de la bondad del ser humano. ¿No es así?

Pero… ¿Qué parte de ello es el gesto de bondad? ¿Desprenderse de tesoros tan valiosos? ¿Entregárselos a una persona que no conocías? ¿Incluso después de haberlos robado de los horribles Demonios a costa de sangre, sudor y lagrimas?

¿Y qué dirías si supieras que, para esas ‘buenas personas’, esos tesoros tan valiosos les dan igual?

¿Qué dirías si te dijera que no hay nada que podrían hacer con ellos si se los quedaran?

¿Es todavía un acto desinteresado de bondad? ¿El gesto todavía es algo grande? ¿Hay realmente una muestra del buen corazón de la humanidad?

¿O acaso es solamente un acto al nivel de tirarle un hueso a un perro callejero?

¿Qué opinas tú?


Ya dentro del establecimiento, se escuchaban las risas de los Aguijones, mientras se quitaban el barro y la sangre de sus cuerpos llenos de músculos. Los empleados del hotel, luego de que se corriera la noticia sobre la cabeza de Ogro, estaban tan impresionados que aceleraron sus trabajos.

Eso, y que el dueño les había prometido monedas extras si terminaban antes de la Octava Hora de Luz.

Entre la conmoción, los empleados ocupados, que no había más clientes importantes capaces de pagar la estadía, y el respeto hacia el grupo de mercenarios, ellos pudieron darse un largo baño en la enorme estancia con relativa facilidad.

Sin embargo, si alguien más hubiera entrado, se habría encontrado confundido.

¿Por qué los que reían eran sólo cuatro personas junto a la puerta? ¿Y por qué parecía que estaban forzándose a sí mismos a hacerlo? De vez en cuando, aparecía alguno de los demás a sustituir a una de estas cuatro personas. De esa manera, seguían contando historias banales y chistes tontos, mientras soltaban carcajadas ocasionales con extrañas expresiones en sus rostros.

Daba incluso algo de miedo.

En el fondo del baño, metido hasta la cintura en agua caliente, Vourdred se arrojó un cubo de agua humeante sobre su enorme y fornido cuerpo. Estaba repleto de cicatrices, muchas de ellas viejas. Había una muy grande en su hombro izquierdo, allí donde el alfanje de aquel Demonio se había clavado. Aunque era claro que la herida más notoria estaba en su rostro: Una marca negruzca, dejada allí por la figura negra el día que su vida se derrumbó en un instante.

Su expresión estaba tan fría que incluso congelaba el agua a su alrededor, haciendo que el agradable baño caliente se tornara algo incomodo.

-¡Jefe! ¿Estás escuchando?

-¿Ah? –Vourdred salió de sus pensamientos al ver que Firdas le hablaba-. No, repítelo. Y no me llames jefe aquí.

-Está bien, Vourdred –murmuró el hombre. Tenía el cabello rubio platinado, y un cuerpo flaco y fibroso. Aparte de eso, con su nombre sacado de una vieja leyenda élfica, muchas veces el resto de los hombres solían fijarse si tenía orejas de punta-. Estaba preguntando si iremos en una nueva incursión a la Llanura de Acero. Los Demonios empiezan a venir en caudales mayores.

-Lo sé. No hay razones para quedarse más tiempo. Recuperaremos fuerzas y suministros y partiremos a las Colinas de los Aullidos. Allí debería haber mejores oportunidades, especialmente cuando llegue el Invierno. Los Trolls y Ogros tendrán problemas para moverse con la nieve gruesa de esa zona.

-Entendido –Firdas no discutió nada. No hizo más preguntas. No eran necesarias.

Vourdred se quedo solo una vez más. Él y sus pensamientos no fueron perturbados durante el resto del día. Solamente se quedo en silencio durante el baño, el banquete, y la tarde. Nadie más le pregunto nada, nadie le prestó atención.

Como si fuera natural que el líder de la tropa de mercenarios no hiciera el más mínimo comentario, todos los demás pasaron a su lado hasta la noche sin prestarle atención. Incluso cuando Druess contó historias de terror frente al fuego de la chimenea, asustando a los empleados. Tampoco cuando Mulen y Seigbuk hicieron una competencia de pulsos. Ni siquiera cuando Ergasse partió rocas en dos con la fuerza de sus enormes y poderosos brazos. Hasta los chistes ridículos de Kaltras se oyeron esa noche, y no le inmutaron ni un poco.

Cómo si se hubiera convertido en una estatua de piedra con forma de hombre.

Como si estuviera esperando algo.


Esa noche fue silenciosa.

El campamento, luego de la agitación de la mañana, se quedó en silencio.

Fue por eso que ese insignificante ruido despertó al mercenario.

No era el chirrido de un insecto. No era un animal domestico despierto. No era el ronquido de un hombre. No era ningún sonido natural.

Si le preguntaras a Vourdred, él diría que era una risa. Una débil, fría y sibilante risa.

Y luego, esa sensación helada. Se sentía como una mano de pura malicia glacial que acariciaba su costado. Y subía lentamente, acercándose a su cuello.

Casi podía sentir las escamas frías de la serpiente, mientras se acercaba a los puntos vitales de su cuerpo.

Sintió el lamido de la lengua bífida en su cuello.

La cicatriz de su frente comenzó a picarle.

Se incorporó rápidamente, con una mano agarrando el mango de la espada, y la otra asiendo al viperino animal que intentaba morderle el cuello.

Sin embargo, no había nada ni nadie. Ni serpiente, ni enemigo. La habitación donde descansaban él y sus hombres estaba vacía. El calor corporal de la chimenea y las personas durmiendo llenaba la estancia, mientras la ventana abierta dejaba entrar un aire fresco ligero. La única frialdad la sentía en su cuerpo, pero rápidamente desaparecía.

¿Una pesadilla?

Frotándose la oscura marca sobre su nariz, el Aguijón se levantó de la cama. Camino lentamente hasta la ventana, dispuesto a cerrarla sin despertar a sus compañeros. Sin embargo, en el momento en que estaba frente a ella, algo le hizo desviar su mirada hacia la calle completamente vacía. Desde el primer piso, tenía una vista perfecta.

Una forma oscura se podía ver a la débil luz de una tea que estaba casi extinguida.

A pesar de que la calle estaba vacía hasta hace un momento, ahora había alguien allí. La tea comenzó a arder de repente con una llama negra como la Oscuridad Infinita, que se devoraba la negrura alrededor.

Esa forma oscura de una persona con capa y capucha, rodeada de un aura negra.

A pesar de la distancia, era capaz de ver al ser sombrío que le había hecho esa cicatriz que ardía en su frente. Y esa criatura, esa cosa, esa abominación, estaba allí.

Le hacía señas con una delgada mano, pálida como la Luna.

“Ven. Ven aquí ahora.”

Vourdred no espero ni un segundo. Tomo su espada, saltó por la ventana, y comenzó a correr como un loco hacia la forma encapuchada que le esperaba allí. Si hubiera algo en medio, lo habría arrollado como un búfalo salvaje desquiciado.

De sus labios escapaba un gruñido animalesco.

Sin embargo, la forma oscura no parecía en lo absoluto preocupada por un enorme hombre corpulento corriendo en su dirección. Ni siquiera reaccionó cuando el mercenario esgrimió la espada, preparándose para partirle en dos.

Simplemente, en el momento en que se acercó lo suficiente, se dio la vuelta con naturalidad, y camino hacia el establecimiento más cercano. No mostraba la más mínima preocupación, ni cambio su ritmo al desplazarse.

No le alarmaba el hombre intentando atacarle.

Vourdred, con la manía de la experiencia obtenida en combate, se dio cuenta de que no llegaría a golpear a la figura oscura antes de que llegara a la carpa. No podía ir más rápido, ni serviría de nada arrojarle la espada. Recordando sus experiencias pasadas, todavía dudaba de que esta arma fuera capaz de herir a este ente misterioso.

Justo antes de desaparecer detrás de la tela, la figura dejo entrever una sonrisa bajo su capucha. Los labios carmesí en la piel pálida no mostraban ninguna imperfección.

El Aguijón gruñó por la impotencia, pero nada podía hacer más que aminorar el paso y bajar su arma. Entro rápidamente a la carpa, mirando hacia todas partes en busca del Demonio encapuchado, pero no había señales de su presencia. Y tampoco ningún lugar donde pudiera estar ocultándose. Una única vela larga y gris iluminaba el lugar con facilidad, así que tampoco podrían estar escondiéndose en las sombras.

La atención de Vourdred se dirigió hacia las personas en el lugar, imaginando que no sería capaz de reconocer a la figura oscura sin sus atavíos regulares, pero se llevó otra decepción. Tan sólo había un hombre mayor con una larga barba, y un niño pequeño que sostenía una bolsa de arpillera.

Ninguno de ellos tenía parecido alguno con ese ente que le había hecho la cicatriz.

¿Adónde había ido?

-¿Han visto algo extraño? Vi que una persona sospechosa pasó por aquí –dijo Vourdred, refrenando la furia que ardía en su sangre.

Había esperado por siete años. Todavía no había llegado al límite de su paciencia. Si la figura oscura se había mostrado después de todo este tiempo, significaba algo. Las respuestas que estaba buscando debían estar por revelarse.

-¿Alguien sospechoso? Por ejemplo… ¿Qué tal un sujeto que aparece en mi tienda, espada en mano, cuando todavía falta más de una hora para que amanezca? –respondió el dueño, mirando al reloj de arena a su lado, y poniendo una sonrisa irónica en sus labios oscuros-. Y aparte de eso, con el torso al descubierto con este frio… ¿Busca un resfriado?

El Aguijón no estaba de humor para bromas. En su precipitación, había olvidado la vaina de la espada, por lo que clavo la punta en el suelo, mientras miraba por el lugar. Sus ojos buscaban lugares donde ocultarse, pero la frutería no tenía ningún escondite para una persona tan alta como él.

La figura oscura no había entrado en ese lugar. Le había engañado.

El Destajador exhaló lentamente, calmando su mente. Dejo de preguntarse adonde podía haber ido ese Demonio. No estaba aquí, y de nada serviría obsesionarse con ello. Con la adrenalina retirándose de su cuerpo, se dio cuenta de que el viejo tenía razón. El frío de la noche no se sentía en el cuarto calefaccionado del hotel, pero aquí era otra historia.

El niño, maravillado, comenzó a observar la enorme espada del mercenario. La hoja desnuda no brillaba ni se veía hermosa. Era un instrumento cuya única utilidad era matar, y nada más que eso. Se podían ver una serie de pequeñas letras alineadas en el mango, pero sus trazos eran tan pequeños y finos como hilos de araña.

-¿Esas son runas élficas? –preguntó el niño. Sus ojos brillaban.

El Aguijón, quien seguía buscando alrededor en busca de pistas, presto atención al pequeño que admiraba su mandoble.

-Enanas. O al menos, eso dicen –él había adquirido la espada en una armería, tiempo atrás. Había costado mucho oro, supuestamente por las propiedades mágicas de las runas en su mango, y la hoja hecha de acero celestial. Cuanto de esto era realmente cierto, no sabía, pero en estos años no recordaba haber sentido ni presenciado ningún hecho místico relacionado a esa espada.

Era mucho más común que fueran los Demonios, o los hechiceros errantes, quienes usaran magia contra él. Y jamás con buenas intenciones.

-¡Impresionante! –murmuró el niño-. Entonces, ¿es usted el Aguijón que cazó a un Ogro de las Tierras Bajas? ¡Dicen que era tan alto como una torre, con una piel más gruesa que una coraza de acero, y portaba una espada gigantesca!

Los rumores que había oído dejaron a Vourdred perplejo. Cada uno era más ridículo que el anterior. Para empezar, los Ogros no eran tan altos, pues caminaban encorvados; y este en particular usaba un garrote y un hacha.

Algunas personas, al parecer, disfrutaban enormemente de inventarse historias de la nada para hacerle ver como una especie de héroe legendario.

-¿No deberías estar en casa? En la noche pueden acechar todo tipo de criaturas horribles –advirtió el mercenario.

-¡No les tengo miedo a los Demonios! ¡Algún día, tendré mi propia espada, y cortaré en pedazos a cada uno de esos monstruos! –el pequeño comenzó a agitar un arma invisible, adoptando poses gallardas. El espectáculo era tan ridículo que a Vourdred le entraron ganas de reírse.

Y luego, comenzó a acordarse del pasado. De su pequeño Jadred. De cómo él se ensuciaba siempre las manos con tierra jugando, de cómo practicaba ser arquero arrojando ramitas, de la vez que había intentado levantar el hacha de su padre, pero sólo consiguió caer sobre su propio trasero.

Recordó su pequeño cadáver, en el suelo, asesinado por las bestias que hicieron arder su aldea ese día, sin dejar un solo edificio en pie.

El niño de la bolsa de arpillera había empezado a describir sus heroicas hazañas, y se volteó para ver si el mercenario seguía prestándole atención. Sin embargo, se quedó tieso al ver la escena que tenía lugar en ese momento.

Los ojos del hombre, que miraban a ninguna parte, estaban tan llenos de odio e ira que se le olvidaron todas sus fantasías de ser un guerrero. En lo profundo de esa mirada yacía un ansia tan repulsiva, que las piernas del pequeño comenzaron a temblar.

-Ah… Has- ¡Hasta otro día! –se despidió el niño, aferrando fuertemente la bolsa de arpillera. Salió despacio, como si caminara frente a un león dormido.

Un león al que no quería despertar.

-Que tengas un día bonito –le despidió el dueño, quien había estado abstraído de todo lo ocurrido, contando las monedas en una bolsa. Se fijó en que Vourdred seguía allí parado, ensimismado en sus pensamientos-. ¿Necesitas algo?

-No –respondió el Aguijón, volviendo al presente.

-Pues mejor ve a abrigarte, que hace un frío espantoso allí afuera –declaró el anciano, bostezando por el cansancio-. Qué horror de día. ¿Bonito? ¡Desde hace años que no hay un día bonito en este maldito campamento!

-Si tiene frío y sueño, ¿por qué tiene la tienda abierta? –discutió Vourdred, empezando a enfadarse por la actitud de este viejo.

La mayoría de las tiendas no abrían hasta el amanecer. Lo que el viejo hiciera de su vida, a él le daba igual, pero si se quejaba por eso, era un hipócrita.

-¿Ah? Me desperté de repente por ese sueño horrible. Y cuando salí a caminar para olvidarme, me encontré a ese niñato hablando con una muchacha preciosa frente a la tienda. Pensé que sería su hermana o algo así. El caso es que ella me pidió si podía venderle unas manzanas para el pequeño, y soy un hombre. ¿Cómo podría rechazar a esa mujer tan hermosa que me pide algo? –el dueño hizo una sonrisa zalamera.

-¿Mujer? –una idea se deslizó de repente por la mente de Vourdred-. ¿Era igual de alta que yo, con la piel blanca, labios rojizos, vestida de negro? ¿Con los ojos rojos como la sangre recién derramada?

A duras penas resistió las ansias, para que no se filtraran en su voz.

-Sí, ella era exactamente así. ¿La conoces? Si es así, ¿te molestaría decirme…

El Aguijón no escuchó el resto. Salió corriendo, espada en mano, buscando frenéticamente alrededor, hasta que vio la espalda del niño. Corrió hacia él, respirando fuertemente, como un buey en embestida.

Alcanzó rápidamente al pequeño, y lo agarró por los hombros. Jadeando, comenzó a interrogarle con una expresión enloquecida.

-Esa mujer… La que te compró las manzanas… ¿La conoces?

Ante el brillo demente en los ojos del hombre, el niño no pudo hacer más que responder nerviosamente.

-Ella… Yo había tenido una pesadilla, y me desperté en plena noche… Me hizo señas por la ventana… Jugamos un rato… Y entonces me dijo que le hiciera un favor, pero ella terminó comprándome estas manzanas… ¡Eso fue todo!

Ambos se miraron unos segundos. Nadie hablaba. La atmósfera incomoda preocupaba al niño, quien miraba muy seriamente la espada del mercenario.

¿Era su turno de probar cuán afilada estaba la hoja?

-Esas manzanas… Te las compró –Vourdred se sacó un pendiente de plata que llevaba en el lóbulo de su oreja izquierda, entregándoselo al niño en las manos sorprendidas y temblorosas.

Sólo con una mirada, supo que era muy valioso.

-Está bien –dejó escapar con un hilillo de voz.

Con una sonrisa maníaca, el mercenario tomó la bolsa de arpillera, y salió corriendo como un loco en la oscura noche.

El niño parpadeo, repentinamente solo en la quietud del campamento dormido. Caminando con lentitud, regresó a su hogar, todavía pensando si debía considerar que esta noche había sido un sueño.


-¿Manzanas? –preguntó Kaltras, parpadeando de sueño y sorpresa.

Rápidamente, se hizo su habitual coleta en el cabello teñido de azul, haciendo extraños ademanes exagerados. Se acercó a la chimenea, avivando las llamas y agregando nuevos troncos. Iban a necesitar todo el calor que pudieran para despertarse rápidamente.

-No las toquen. Podrían estar malditas –advirtió Vourdred, arrojando la bolsa de arpillera sobre un banquito. Envaino su espada, y luego comenzó a ponerse sus ropas-. Druess, encárgate.

-Claro, jefe –el mercenario de cabello largo se frotó las manos frías, acercándolas al fuego que ya ardía con fiereza. El Destajador estaba tan ensimismado, que olvido recordarle que no debía llamarle de esa manera fuera del campo de batalla.

Acto seguido, comenzó  hacer ademán de tocar la bolsa de arpillera, pero siempre se detenía a milímetros de hacerlo. Repitió esto unas cuantas veces, pero no ocurrió nada extraño. Tras terminar esta comprobación, abrió la bolsa, y echo un vistazo al contenido.

-Alcohol –pidió, alargando la mano.

Su asistente, el viejo Marguil, le alcanzó una botella de vodka medio vacía. Druess arrojó un chorro dentro de la bolsa. Rápidamente, agarró una astilla de madera que había junto a la chimenea, y presiono la punta contra los leños ardientes para encenderla. Acto seguido, la uso para prender el alcohol que había arrojado dentro, provocando una llamarada.

Los demás mercenarios observaban la ceremonia, intrigados por la forma en que su compañero descubría las maldiciones colocadas en la fruta. Druess era un conocedor de toda leyenda antigua que hubiera, las cuales había recopilado en múltiples libros. Incluso había pasado un año estudiando en la sede de la Santa Iglesia, aprendiendo sobre las maldiciones demoníacas y la magia negra.

Si había algo en esas manzanas, él iba a descubrirlo.

Una vez la llamarada provocada por el alcohol se extinguió, el mercenario abrió la bolsa, sacando las tres frutas rojas algo chamuscadas, depositándolas en el banquito.

-¿Algo en la bolsa? –preguntó Vourdred.

Ergasse tomó la arpillera, y la deshizo en trozos fácilmente con sus poderosas manos. Negó con la cabeza. No había nada en el interior.

Mientras tanto, Druess había sacado una fina aguja de su cinturón. La sostuvo verticalmente, por encima de una de las manzanas, y la dejo caer. La punta chocó con la piel de la fruta, haciendo un rasguño diminuto, antes de caer a un costado. Repitió esto con las otras dos, pero seguía sin ocurrir nada anormal.

-¿Son para comerlas? –preguntó el mercenario a su jefe. Vourdred negó con la cabeza-. Entonces, es todo. No hay problema con tocarlas o cortarlas. No encontré ninguna maldición en ellas. ¿Qué debemos hacer?

-Corta una. Veamos que hay dentro –ordenó el jefe.

-Como diga –Druess sacó un cuchillo corto de su cinturón. Sujetando la manzana, comenzó a cortarla lentamente, de arriba a abajo. Tras llegar a la mitad, se detuvo de repente-. Parece que tenía razón, jefe. Hay algo dentro ofreciendo resistencia.

-¡Sácalo! –en la voz de Vourdred se notaba claramente la impaciencia.

Con una risa sarcástica, Druess cortó el otro extremo de la manzana, y la partió en dos. Del interior extrajo una pieza de un metal liviano, grabada con delicados dibujos. Su asistente le alcanzo un trapo para que pudiera limpiar los restos de fruta.

-¿Cómo lograron meter esto dentro? –preguntó Marguil, mirando por encima de su hombro el extraño objeto. Era rectangular, con los bordes pulidos. Cabía en la palma de su mano. Luego de limpiarlo mejor, se hacía evidente que era de fabricación artesanal, hecho con dedicación por un herrero de primera clase.

-Definitivamente, no lo hicieron con métodos ordinarios. Me huele a magia. Sin embargo, hacer algo como esto… Sin duda, se trata de una clase de magia de la que nunca he oído antes –declaró Druess. Enseño los pedazos de la manzana, colocándolos boca arriba sobre el banquito. Se oyeron algunas exclamaciones de asombro.

Parte del corazón de la fruta se apreciaba dentro. El contorno del objeto se notaba en el interior, como si hubieran retirado específicamente la parte que necesitaban con alguna herramienta desconocida. Sin duda alguna, no había forma de hacer crecer la manzana con esa cosa incrustada, así que debía ser obra de hechicería.

-En ese caso, seguramente hay otras cosas dentro del resto de fruta –aseguró Firdas, tomando una de las dos manzanas restantes. Sacó un cuchillo curvo de su cinturón y comenzó a recortar cuidadosamente la fruta. Ergasse agarró la otra, estrujándola entre sus manos.

-¿Qué metal es? ¿Acero? –preguntó Thorun, admirando el trabajo de grabado.

Era por lejos el más joven del grupo, con apenas dieciséis primaveras. Era el hijo del herrero del pueblo, pero apenas había sido iniciado en el trabajo cuando ocurrió la Gran Matanza. No había logrado aprender mucho. Y obviamente, ya no tenía ninguna oportunidad para seguir la tradición familiar. Incluso así, aun le apasionaba la idea de continuar sus estudios, y trabajar en una forja.

-No. Esto es… ¡Aluminio! –Druess parpadeo, sorprendido-. ¿Sabes lo asquerosamente difícil que debe ser encontrar un herrero que trabaje con este metal? ¿Quién tiene el dinero y los contactos para hacer algo como eso?

-Además, esos grabados son muy delicados. Esto fue hecho por encargo. ¿Y ese sello? ¿Es de alguna familia noble? –preguntó Marguil.

-No. El emblema que veo aquí no se parece al de ninguna familia de la nobleza. Al menos, ninguna de la que tenga conocimiento –Druess le paso el objeto, ya limpio, a Srump-. ¿Lo conoces?

-Sin duda. No es de una familia noble –el hombre rubio señalo uno de los símbolos-. Eso es un león con cabeza de águila. Una bestia mítica que aparece en las leyendas sobre la fundación de este Reino. Este es el sello de la Casa Real.

Comenzó a girar el objeto, enseñando las diversas formas decorativas alrededor.

-Esta cosa no la había visto antes, pero si escuche de ella. Es un Pase Real, que sólo puede ser emitido por su Majestad en persona, luego de contar con la aprobación de la Cámara de Ministros y la Cámara de Nobleza –continuó Srump, haciendo gala de todo su conocimiento sobre la política e historia de este Reino-. Te permite entrar en cualquier ciudad sin pagar impuestos, incluso en la Capital. No tiene fecha de vencimiento. No puede ser revocado. Sólo el Rey puede negarlo, y debe hacerlo en persona, frente a ambas Cámaras.

-¿Entrar en cualquier ciudad libre de impuestos? ¿También se aplica a tu carga? –Srump asintió a la pregunta de Thorun-. ¿¡Eso no te permitiría meter contrabando de cualquier tipo a plena luz del día y a la vista de todos!?

-Exactamente. Por esa razón, no se ha vuelto a emitir ninguno en las últimas tres generaciones. El poder político y comercial que te otorga es absurdo –el hombre rubio se fijó en las fechas grabadas en la base del Pase Real-. Pero este en particular es viejo, fue emitido por un Rey anterior. Y aun así, todavía sirve. Mientras no sea fundido, este pequeño objeto permite a su poseedor ser inmensamente poderoso.

-¿Qué querrá significar esta señal? ¿Por qué un Pase Real antiguo estaba en esa manzana? –preguntó Marguil.

-Esta podría ser la respuesta –Firdas había recortado su manzana, revelando que dentro había un recipiente de vidrio sellado. Lo rompió con un golpe del mango. Del interior sacó un pergamino pequeño.

-Pásalo –pidió Gandour. Se alisó su barba canosa, examinando la apretada escritura-. No creo que sea buena idea leerlo en voz alta. El lenguaje está lleno de formalismos y protocolo, es bastante irritante. En resumen, es una invitación a un evento secreto en la Capital. Algo que los remitentes llaman “La Reunión de los Mártires”.

El nombre despertó algo de polémica entre los mercenarios. Se escuchaban murmullos, intrigados por la elección de tal título para ese encuentro.

-Es sólo para Aguijones. Y no puedes participar si no presentas la “Moneda del Mártir” –continuó Gandour-. El lugar es la residencia de la familia Mardetroid. Y la fecha, dentro de una semana.

-Si vamos en carruajes y caballos, todavía podemos llegar a tiempo –añadió Druess.

-¿Y esas monedas? –preguntó Vourdred.

Ergasse extendió su mano, mostrando el contenido de la tercera manzana. Entre sus enormes dedos había tres monedas de cobre. Thorun las tomó, notando que eran muy distintas de las habituales monedas.

-Observen. Las monedas normales tienen la faz del primer Rey en la cara, y el emblema de la Santa Iglesia en la cruz –sujetaba una moneda normal en la mano izquierda, comparándola con la Moneda del Mártir en su derecha-. Pero estas tienen el rostro del Archiduque que fundo la casa Mardetroid, y el sello de los feudos de Mardefild, que son propiedad de esa familia. ¡Sin la menor duda, es una moneda especial que ha sido acuñada por esa familia!

-Emitir moneda falsa es un delito. Y se pena con la horca –señaló Srump-. Incluso si están distribuyendo estas monedas en secreto, es sumamente arriesgado. Podrían ser colgados por fraude.

-A menos que tengan permiso del Rey –añadió Gandour-. En ese caso, es incluso más extraño. En cualquiera de los dos casos, algo está pasando aquí.

-La pregunta es… ¿Iremos? –Firdas puso en palabras lo que todos los demás estaban pensando. Todos dirigieron su mirada hacia Vourdred.

-¿Dice cuál es el motivo del encuentro? –preguntó El Destajador a Gandour.

-No. Pero si menciona que podría haber una gran recompensa.

-Es una buena táctica para atraer a los Aguijones –murmuró Thorun.

Vourdred cerró los ojos un segundo, pensativo.

Este era sin duda un mensaje de la figura oscura. Estaba sugiriéndoles que deberían ir a esa Reunión de los Mártires. Incluso les había dado los medios para participar.

No sabía que intenciones tenía ese ser sombrío. Lo que le había dicho hace siete años todavía estaba grabado a fuego en su memoria. Supo que sería llamado El Destajador, algo que no ocurrió hasta varios años después.

¿Estaba el llamado Parche Rojo en esta reunión? ¿Tendría una oportunidad de concretar su venganza? ¿Y cuál era el objeto de este evento?

Él no sabía nada. No tenía idea. No había ninguna respuesta.

Y justamente por eso, no podía dejar pasar la oportunidad.

-Prepárense para partir –ordenó El Destajador-. Vamos a la Capital.

Todos en la habitación asintieron. Nadie puso ninguna queja.

Vourdred y sus compañeros asistirían a la Reunión de los Mártires.


Mientras tanto, lejos de allí, en un angosto pasillo de la residencia de la familia Mardetroid, Krurin rezaba en voz baja.

-¿Podrías callarte? –pidió Youche-. Me pones de mal humor.

Ambos estaban vestidos con armadura completa, y sujetaban largas lanzas. La hoja metálica de sus armas estaba recubierta de un leve resplandor pálido. Si te acercabas a mirar, podrías notar que había formaciones mágicas tanto en el mango de sus armas, como en los cascos y guantes que llevaban, e incluso en el pomo de las espadas que tenían al cinto.

-Lo que yo haga no te incumbe –masculló Krurin, interrumpiendo sus rezos-. Es nuestra última semana aquí, quiero sobrevivir hasta conseguir mi último pago.

Youche chasqueó la lengua, fastidiado por la actitud de su compañero. Lo habían contratado hace apenas tres meses, así que era un completo novato. Todavía creía que había un riesgo real por el cual tenían que usar estos equipos mágicos.

-Llevo aquí dos años. Y sé que no le ha pasado nada a ninguno de nuestros predecesores en estos siete años que han pasado. No tienes ninguna razón por la que preocuparte. Nada ocurrirá en estos últimos siete días –le contradijo.

-Aun así, no me calmare hasta que me den mi maldito dinero –respondió Krurin.

Ellos estaban parados a ambos lados de una puerta de madera sencilla. Dentro, se escuchaban débiles sonidos. Generalmente eran ruidos de agua, telas, o pisadas.

Y en ocasiones, extraños sonidos que ningún humano era capaz de identificar.

-Disculpen, pero… ¿Han dicho siete días? –repentinamente, se escuchó una voz viniendo del cuarto. Krurin se tensó por completo, aferrando fuertemente su arma.

-Sí. Escuchaste bien. Faltan siete días para la Reunión de los Mártires –Youche, ignorando la mirada aterrada de su compañero, respondió a la débil voz femenina.

-Muchas gracias. Disculpen la molestia, Youche, Krurin –con este comentario, se escucharon los débiles sonidos de pasos que se alejaban de la puerta.

-¿¡Cómo sabe mi nombre!? –susurró furiosamente el aterrado guardia-. ¿¡Se lo dijiste!? ¿¡Estas mal de la cabeza!?

-Deja de joder por tus estúpidas supersticiones –respondió Youche, mirándolo con desprecio-. ¿Todavía no te das cuenta de que todo lo que dices puede ser escuchado dentro? No importa si lo dices en voz baja. Te va a oír.

Al escuchar esto, Krurin cerró inmediatamente la boca. Se puso firme, esperando que algo ocurriera, pero fue en vano. No ocurrió nada. Incluso así, seguían temblándole las manos. Continuaba pensando que esta última semana seria su perdición.

Youche se cansó de intentar convencerlo. Sabía lo que debía estar pensando. Recordaba perfectamente cómo, hace dos años, era en extremo cuidadoso al montar guardia fuera de este cuarto.

En ese entonces, no paraba de preguntarse “¿Por qué acepte vigilar a ESTA COSA?”

Luego de dos años, se pregunta “¿Por qué fui tan idiota en el pasado?”

Ambos continuaron parados en el lugar, con tan distintas ideas pasando por sus mentes. Pero mientras tanto, dentro de la habitación, empezaron a escucharse algunos ruidos. Eran esos sonidos ininteligibles que hacían que Krurin tuviera escalofríos, además de pesadillas cada noche.

Allí dentro, a la tenue luz de la luna que entraba por una ventana enrejada, se veía moverse una figura delgada. Y a su alrededor, extrañas y amorfas criaturas emitían esos sonidos, a los cuales ella respondía.

Observando a la luna en lo alto del cielo oscuro, la persona sonrió. De sus labios escapó un suspiro, mientras cerraba su ojo derecho.

-Sólo siete días más…

Si, cerró únicamente el derecho.

Porque el izquierdo… Estaba cubierto con un parche de cuero rojo.

Un Parche Rojo.

Continuara…

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