Original Sin: Kage no Michi

Prologo

Día de Llamas y Sangre

Él fue quien vio el humo primero.

Estaba a la cabeza de la columna de hombres, quienes regresaban cargando las pieles que usarían para pasar el crudo invierno. No sólo las vestirían, también planeaban canjear un buen numero de ellas por productos básicos. Este iba a ser un buen año, para variar, luego de tantas décadas de cosechas mediocres y constantes epidemias entre el ganado.

Vourdred se quedo un instante de pie, pensativo.

Inmediatamente después, dio órdenes al resto de la columna.

-¡Mulen, Seigbuk! ¡Tomad los fardos y vigiladlos! ¡El resto, seguidme, rápido!

El hombre de veintiún años comenzó a correr en dirección al pueblo, desde donde se veía la columna de humo. A sus espaldas, los demás le seguían como podían. Estaban extenuados por las largas jornadas de caza, acechando a zorros y ciervos, luchando con lobos y osos. Sin embargo, apenas vieron el humo, olvidaron la fatiga y corrieron como si los persiguiera el mismísimo Rey Demonio.

Podía ser que la hoguera fuera usada para ejecutar a un criminal, pero eso implicaba que algo grave debía haber sucedido para que se hiciera un juicio tan apresurado.

Si había un incendio en el poblado, se extendería con velocidad entre los tejados de paja y turba. Tenían que pararlo cuanto antes.

O tal vez, algo más siniestro había ocurrido. ¿Los bandidos de la primavera pasada habían vuelto? Los jóvenes guardias, las mujeres y los mayores deberían ser suficientes para detener a una pandilla de bastardos como esa, a menos que…

Vourdred borró esos pensamientos de su mente, que sólo lo intranquilizaban. No era momento de pensar que podía haber ocurrido. Primero que nada, debían llegar a prestar su ayuda.

Con la mente en blanco, sin distraerse, esquivó las ramas y árboles caídos. Saltó las rocas grandes y los agujeros con mecánica destreza, cubriendo la distancia lo más rápido que podía. Tenia que asegurarse de estar preparado para lo que fuera. Criminales, bandidos, incendios, nada podía sorprenderlo.

Que equivocado estaba.


Al acercarse, pudo ver que la columna de humo era ya más grande, y se le habían unido algunas otras. No le cabía duda de que algo anormal estaba ocurriendo.

Allí fue cuando se paro en seco.

Se había adelantado al menos doscientos metros a los demás hombres. Estaba casi frente a la barricada, observando el cielo que se teñia de naranja y bermellón por el atardecer.

Observándolo a unos pasos, había una criatura que había quedado oculta por la conmoción del fuego, pero al acercarse su figura era inconfundible.

Metro ochenta de altura, piel azul oscura teñida de negro por la suciedad. Su asqueroso taparrabos dejaba al descubierto unas piernas firmes por debajo, y por encima un torso musculoso cubierto de cicatrices. Los brazos eran gruesos y recios, donde tenia atados trozos de tela y cadenas, manchados de oxido y sangre seca. Una hilera de púas le recorría la espalda, hasta llegar a su reptiliana nuca. La cabeza, que se veía diminuta en comparación al cuerpo brutal, se inclinaba anormalmente hacia un costado. La mandíbula, perdida en una pelea tiempo atrás, había sido reemplazada con un artilugio burdo de madera. Los colmillos le subían hasta la plana nariz, sobre la cual estaban unos diminutos ojos rojizos. Era calvo, y sus orejas se veían como masas deformes de carne putrefacta. En su mano izquierda empuñaba un alfanje corto.

Era un Demonio. Un vil, sucio, asqueroso y nauseabundo Demonio de esos que en ocasiones aparecían cerca de las fronteras. Un lacayo menor e insignificante en el interminable e ilimitado ejército del Rey Demonio.

Y, sin embargo, era la primera vez que Vourdred veía uno. Podía reconocerlo por los cuentos que recordaba de sus padres, además de lo que se comentaba entre los viajeros y mercenarios que ocasionalmente pasaban por el poblado.

“Si un Demonio se deja ver al alcance de una flecha, significa que hay muchos mas en alguna parte”, eso había dicho aquel hombre de barba gris mientras azotaba el suelo con su pata de palo, chillando que esas criaturas deberían volver al Infierno. Ese viejo soldado había dejado una marca en la mente del joven Vourdred con sus cuentos de grandes batallas y gloriosas hazañas.

Este Demonio no podía estar solo.

La mente del hombre comprendió entonces a que se debía el humo.

Hombre y bestia se miraron a los ojos.

Vourdred aferró el hacha en su cinturón, alzándola en alto.

El Demonio emitió un gruñido apagado, provocando que gotas gruesas de baba pegajosa cayeran al suelo. Agitó rápidamente el alfanje, amenazando al hombre.

Pero Vourdred no se dejó intimidar. Su esposa y su hijo estaban en ese poblado. Y si estaban siendo atacados por las tropas del Rey Demonio, no había mucho que los guardias pudieran hacer. No contra esos monstruos, especialmente si venían en tales números, como relataban los mercenarios.

No tenía tiempo para esperar a que la bestia atacara.

Vourdred se lanzó hacia la criatura, esgrimiendo su arma a toda velocidad. Cortó la distancia casi instantáneamente, con un rugido que le salía del pecho, dispuesto a cortarle el cuello al Demonio con su hacha.

Sin embargo, este la evitó con un rápido movimiento lateral.

El hombre recompuso su balance, retrocediendo un paso. La bestia, sin embargo, no se había movido del lugar. Parecía que estuviera esperando algo.

Vourdred volvió a cargar, esta vez con un hachazo horizontal. El Demonio, precavido, retrocedió justo fuera del alcance de la hoja de acero.

Había una risa burlona en la mandíbula artificial de la criatura.

El cazador estaba anonadado. ¿Se suponía que esta era la clase más débil y frecuente del ejército del Rey Demonio? ¿De esos que venían por decenas de miles a los campos de batalla?

Si uno solo era un oponente tan formidable… ¿Qué harían un ejército entero de estos?

La respiración del cazador se aceleró. Su corazón latía como martillo en su pecho.

Esto era imposible. Era una locura. Estaba enfrentando a un soldado raso del Rey Demonio, y aun no había podido hacerle ni un rasguño.

Si así era… ¿Cómo podrían su esposa o su joven hijo tener siquiera una oportunidad?

-¡Bastardo! –soltó el hombre, furioso al pensar en esas terribles imágenes.

Con un alarido demencial, atacó nuevamente.

La bestia espero hasta el último segundo para esquivar su hacha. Incluso pudo darse cuenta de que habría un segundo corte, y contorsionó el cuerpo para evitarlo.

Ya fuera del alcance de la hoja, y con la postura de Vourdred descompuesta, el Demonio atacó por primera vez. Movió ágilmente la hoja del alfanje con una mano, directo al rostro del cazador. Este, con un movimiento desesperado, atajó la parte inferior de la hoja con el mango del hacha. El acero se hundió en la madera, clavándose profundamente con un sonido seco.

Vourdred sujetaba fuertemente el mango del hacha, teniendo cuidado de alejarse de la hoja del alfanje. El rostro espantoso de la criatura sonreía a poca distancia, justo frente a su cara. Le llego el hedor de su piel, un aroma a putrefacción y sudor.

Y por prestar atención a esa nimiedad, no vio llegar el golpe.

La bestia, aprovechando la cercanía, uso su brazo derecho para conectar un gancho directo en la mandíbula de Vourdred.

Este fue sorprendido, siendo arrojado hacia un costado por la tremenda fuerza de la criatura. Afortunadamente, ya que sujetaba el hacha maniáticamente, no cayó al suelo. El Demonio rápidamente trató de utilizar su arma, pero estaba firmemente encajada en el mango de madera. Con un gruñido de irritación, jaló fuertemente, moviendo el cuerpo del hombre como si fuera un muñeco de trapo.

Vourdred apretó los dientes, intentando resistirse a la fuerza descomunal del Demonio, pero fue inútil. Apenas pudo sujetar el hacha, evitando salir disparado por el aire. Tuvo que soportar los incansables zarandeos de la bestia, pero logrando interponer las armas entre ellos dos.

La criatura, dándose cuenta de que no podría librarse tan fácil del humano o liberar su alfanje, cambio de táctica. Utilizo su peso superior para derribar al cazador, arrojándolo violentamente al suelo, empujando con la hoja afilada del arma. Ambos forcejearon, mientras el Demonio intentaba empujar la hoja hacia el cuello del hombre, y este trataba de evitar que moviera el mango del hacha. Sin embargo, era claro que la fuerza del monstruo era superior, y no tardaría en imponerse.

La hoja del alfanje avanzaba lentamente, conforme las fuerzas del humano fallaban, y se acercaba centímetro a centímetro a su cuello desnudo. La baba del Demonio le goteaba en la cara, mientras su grotesca sonrisa presagiaba su inminente destino…

En ese instante, una flecha se clavo en el costado del monstruo.

La bestia se sorprendió, pues hasta ese momento, había olvidado un detalle importante: El cazador no estaba solo.

Los demás hombres, aunque habían quedado muy atrás, lograron cortar la mayoría de la distancia en los dos minutos que duraba la pelea. Se habían quedado a unos sesenta metros. Pasada la sorpresa inicial, el mejor de los arqueros tomó rápidamente una flecha, y disparó con celeridad apenas tuvo la certeza de que daría en el blanco.

La criatura dudó un instante en si ponerse a cubierto, o rematar al enemigo que ya había acorralado. En el brevísimo instante de duda, una segunda flecha se enterró en su hombro. Esto fue suficiente para hacerlo decidirse.

Arremetió rápidamente hacia abajo con todas sus fuerzas, logrando que la hoja del alfanje se clavara en el hombro izquierdo de Vourdred. El cazador apenas pudo evitar que no se lo enterrara en el cuello al desviar el mango.

Ante la consternación de los hombres, la bestia había decidido acabar con él, ignorando al arquero. Sabía que esas flechas sin punta de acero, lanzadas por un mediocre arco casero, jamás podrían hacerle un daño real. Considerando la cantidad de dolor que sentía, apenas habían atravesado su gruesa piel. Las cicatrices hablaban por si mismas, este monstruo había soportado cosas mucho peores.

El joven arquero continuo disparando flechas, pero en su desesperación, todas erraban el blanco. Sus manos temblorosas apenas si podían sostener la herramienta de caza. El resto de los hombres estaban tan asustados que ni siquiera podían moverse.

Vourdred se dio cuenta, en ese momento, que no podía depender de ellos.

La bestia se inclinó, apoyando todo su peso en la hoja, intentando clavarla más profundamente. Se acercó al hombre lo suficiente para que este pudiera sentir su pútrido aliento en el rostro, provocándole nauseas. Apartó la cara de inmediato…

…Y sin ningún aviso, giró el cuello nuevamente, y escupió una mezcla de saliva y sangre a los ojos abiertos de la bestia.

El Demonio fue sorprendido, dándole un instante de oportunidad. Rápidamente, empujó el torso de la criatura, quitando la hoja de su hombro. Salió de allí lo más rápido que pudo, rodando por el suelo para alejarse de la criatura.

Se puso de pie.

Le ardía el hombro, quería vomitar, sentía la quijada adolorida, sus huesos se quejaban. Pero aun así, estaba vivo; y no iba a rendirse sin dar pelea. Ya se había dado cuenta cual había sido su error al empezar el combate.

La bestia estaba a punto de estallar en cólera. Se limpio la cara con el dorso de la mano, gruñendo guturalmente. Aferró el mango del hacha, arrancándolo de la hoja del alfanje.

Vourdred, por su parte, desenvainó el cuchillo que tenía atado al muslo.

La situación estaba peor que antes. Ahora tenia apenas una hoja de diez centímetros, lo cual era seis veces mas corto que el alfanje del enemigo. Aunque no era zurdo, el dolor en el hombro le debilitaba. Su vista se tiñó de rojo, dándole a conocer que cuando había rodado para alejarse, la punta de la hoja le había arañado el rostro entre los ojos.

Sin embargo, esta vez, la situación era distinta.

La criatura atacó como un salvaje, listo para destripar al cazador.

Sin embargo, fue detenido en seco por la flecha que se le enterró en el ojo derecho.

Vourdred se había dado cuenta de que el error principal que había cometido fue atacar con rabia, siendo predecible. Al calmar su mente, se dio cuenta que la bestia había usado su furia contra él.

Había dirigido al Demonio a ponerse de frente a sus compañeros, dándole un blanco perfecto al arquero. Y esta vez, era el monstruo quien estaba cegado por su ira, olvidando que sus ojos eran un blanco evidente.

Antes de que pudiera reaccionar, el hombre se acercó, y lo derribó. Le enterró el cuchillo en la garganta, atravesando su traquea. Empujó con ambas manos para poder dar toda la fuerza posible. Con su cuerpo, impidió que la bestia usara el alfanje.

Finalmente, luego de un minuto de tensa resistencia, el Demonio se quedo inerte.

Vourdred se puso de pie lentamente, respirando de manera agitada.

Había logrado matarlo. Con mucha dificultad, pero había logrado matarlo.

A sus espaldas, escucho el ruido de sus compañeros, que por fin habían decidido reunirse con él. Les miro los rostros, todos pálidos y aterrorizados.

-Vourdred… ¿¡Eso es un Demonio!? –uno de ellos chilló como un niño, mirando el cadáver del monstruo empapado en sangre verdosa.

-Druess, calma tu voz, perturbaras a los otros –le ordenó.

El resto de los hombres se veían ya muy alterados, sin saber que hacer. Algunos murmuraban acerca de las maldiciones del Rey Demonio, otros parecían a punto de gritar; incluso algunos se inclinaron y picaban el cuerpo de la bestia con ramitas, como si quisieran comprobar que no se volvería a levantar para matarlos a todos.

-¿Qué están haciendo? –murmuró Vourdred. Su voz sonaba neutra, vacía de emociones-. ¡Aún hay fuego en nuestro hogar! ¿Se dan cuenta de lo que esta pasando? ¡Este era sólo un vigía! ¡El resto de los soldados deben estar dentro!

Apuñaló al cadáver con su cuchillo, provocando que muchos de los hombres se sobresaltaran. Su rostro se tiñó de rojo, pues le manaba abundante sangre del entrecejo. Era la viva imagen de un salvaje, casi sacado de una leyenda.

-¡Están dentro! ¡Con nuestras mujeres y nuestros hijos! ¡Con nuestros hermanos y hermanas! ¡Con nuestros padres y abuelos! –continuó. Aunque hablaba con fuerza, aún no había emoción alguna en su voz-. ¿Se dan cuenta de lo que eso significa? ¿¡Necesito recordarles lo que se cuenta que hacen estas bestias con gente indefensa!?

No era necesario. Todos sabían. Morir rápido era lo más afortunado que te podía ocurrir. Si ellos tenían tiempo y oportunidad, no seria una muerte agradable.

-¿A qué están esperando? ¡Vamos! ¡Tenemos familias que salvar! –desechando el hacha cuyo mango estaba casi partido, tomó el alfanje del enemigo caído-. ¡Preparaos para pelear por todo lo que amáis! ¡A la batalla!

Con un alarido que se contagiaba, todos los hombres comenzaron a arremeter contra la empalizada que habían construido dos veranos atrás. Escalaron los maderos con rapidez, frenéticos. Cada uno de ellos quería ser el primero en entrar.


Pero, aunque fue de los últimos en comenzar a subir, fue Vourdred quien primero pisó el pueblo de nuevo. Se había arrojado desde lo alto temerariamente. Ya no podía aguantarlo más. Había mantenido la calma frente a sus compañeros, pero luego de su lucha con el Demonio, era quien mas preocupado estaba.

Y la situación lo ameritaba. No costaba mucho ver a los Demonios saliendo de cada una de las casas, incendiando los tejados de paja y turba con teas ardientes, asesinando personas y animales con salvaje frenetismo, peleando con los pocos guardias que aun permanecían en pie; e incluso devorando cualquier trozo de carne que pudieran encontrar, desde los cadáveres de niños asesinados, hasta los miembros cercenados de criaturas de su misma especie.

Desde ese momento, Vourdred ya no presto atención a los demás hombres, o a la situación en el pueblo. Ya ni los veía, como si no estuviera sucediendo para él.

Su única meta era llegar a esa casa.

Atravesó el poblado entero, pasando como un caballo desbocado junto a Demonios confundidos que no acertaban a comprender de donde habían salido esos hombres  armados. Ignoró a cualquier monstruo que no se pusiera en su camino, y esquivo a los que si lo hicieron, rebasándolos con una expresión de loco en la cara.

Tenia que llegar, y tenia que hacerlo rápido.

Incluso si conseguía atravesar el poblado, ¿qué haría para matar a todos esos Demonios? ¿Cuántos había realmente? ¿Tenían un líder, capitán, o alguien que los dirigiera? ¿Qué buscaban realmente en este poblado diminuto, en una zona exterior de una nación pequeña, estando tan lejos de la “Frontera Roja”? ¿De verdad podían enfrentar a tales criaturas?

Nada de esto era importante para Vourdred. Sólo quería llegar a tiempo.

Antes de que fuera muy tarde.

Dobló rápidamente el recodo de la choza central donde se hacían los rituales, pasó junto al árbol bajo cuyas ramas su matrimonio fue sellado, atravesó el huerto que él y su hijo habían ayudado a sembrar y cultivar.

Ya estaba cerca. Nada más tenia que correr un par de minutos.

Pero entonces, surgió un obstáculo real. Un garrote por poco le arranca la cabeza, pero al final logró esquivarlo, perdiendo un mechón de pelo en el proceso.

Un Demonio más pequeño que el resto, y con unos brazos muy largos, había logrado atajarlo en su carrera. A pesar de que su oponente parecía sencillo de vencer, el hombre se dio cuenta de que estaba subestimándole. La criatura tenia una mirada tan taimada que no le cupo duda alguna, el ser abominable estaba convencido de que ganaría.

Con el rabillo de los ojos, notó que los demás monstruos alrededor no prestaban atención, ocupados en sus horrorosas actividades. Ninguno intervendría si terminaba este combate lo más rápido posible, y volvía a su loca carrera.

Empuñó el alfanje, agitándolo en una buena imitación de los movimientos de su dueño asesinado. De esta manera, Vourdred dio la impresión de que sabia realmente usar el arma que tenia en sus manos. Provocó que el Demonio pequeño titubeara, pensativo.

Esa era la apertura que estaba esperando.

Se lanzó hacia delante, intentando decapitar a la bestia al esgrimir la hoja con ambas manos; pero el Demonio hizo gala de una velocidad y agilidad superiores, poniéndose fuera de su alcance. Inmediatamente después, se introdujo dentro del rango de ataque mientras su balance estaba perdido, girando como una peonza para mover el garrote por impulso giratorio. Sin embargo, el atento humano esperaba una táctica similar luego del combate anterior, así que contorsionó el torso para evitarlo.

Increíblemente, la criatura continuaba girando después de eso, reuniendo más fuerza centrifuga. Vourdred no tuvo más opción que retroceder para ponerse fuera de su alcance, pero esto provocó que su oponente cambiara de estrategia.

Soltó el garrote en pleno giro, arrojándolo a la cabeza del hombre.

El cazador logro esquivarlo por los pelos, y sólo gracias a que estaba esperando alguna otra estratagema ingeniosa de esas bestias taimadas. Sin embargo, incluso desechar su arma era una distracción, pues el Demonio ya había desenvainado un largo cuchillo.

Si la pierna de Vourdred no se hubiera movido por reflejo al ver a la bestia acercarse, hubiera sido destripado como una liebre recién cazada. La suela de su zapato de cuero detuvo la hoja, doblando en un ángulo anormal la muñeca derecha de la criatura.

Ambos cayeron al suelo, perdiendo el equilibrio simultáneamente.

El Demonio se incorporó mas rápido, cambiando de mano el cuchillo.

Y el hombre agitó desesperadamente el alfanje desde el suelo, cortando el antebrazo izquierdo de la criatura.

Esta soltó un chillido, observando su miembro cercenado.

Sin dilación, el cazador lo decapito.

Antes incluso de que la cabeza hubiera dejado de rodar por el suelo, Vourdred se había puesto de pie. Y con un esfuerzo inhumano, volvía a su carrera enloquecida.

Ya podía ver la meta.

Ya podía ver esa choza, idéntica a todas las demás, pero que siempre reconocía.

No había fuego en el tejado, ni tampoco ningún Demonio cerca.

La puerta estaba cerrada. No veía ninguna señal de que algo hubiera pasado.

El tiempo pareció detenerse en el momento en que se detuvo trastabillando, y abrió la puerta de un golpe seco.

-¡Collina! ¡Jadred!

Iba a continuar gritando, pero el sonido murió antes de llegar a sus labios.

En el suelo, había dos formas demoníacas. Les habían partido limpiamente a la mitad. La sangre regaba el suelo de la vivienda.

Y, cercana al pasillo que llevaba a la salida trasera, había una figura usando una larga capa y capucha de un negro absoluto…

…Inclinada sobre el cadáver de una mujer que sostenía a un pequeño niño inerte.

-¡ARGH!

Con un grito de furia, Vourdred se lanzó hacia la figura encapuchada.

Su mirada enloquecida delataba su intención de asesinar.

Sin embargo, las vestiduras negras se arremolinaron, envolviendo sus brazos. Intentó liberarse con fuerza bruta, pero no podía moverse ni un centímetro. La capa negra no se comportaba como una tela, ni como un objeto.

Parecía como si un par de montañas se hubieran decidido a inmovilizarlo, y hubieran sepultado sus brazos bajo toneladas y toneladas de roca sólida.

-Ay, pobre hombre –inesperadamente, la figura habló. Su voz parecía atemporal y muy lejana, llena de extraños matices artificiales e inhumanos-. Perder a tan corta edad a su familia… Es una tragedia.

Vourdred, cuya mente estaba nublada por la ira, fue sorprendido por esta actitud. Sus ojos inyectados en sangre se clavaron en el borde de la capucha, que continuaba dándole la espalda y examinando los cuerpos.

-En este cruel mundo, no es una historia extraña. Sin embargo, debes aun estar confundido. Después de todo, se suponía que los Demonios estaban muy lejos de esta provincia, ¿no es así? –continuó, con un tono neutral.

Por fin, se puso de pie. Su altura rivalizaba a la del cazador.

-¿Quién eres? –preguntó el hombre.

-No es algo que deba importarte aun, Vourdred el Destajador –sus palabras sorprendieron al humano, quien no podía comprender como había averiguado su nombre-. Por ahora, sólo debes recordar esto: El responsable de la muerte de tu familia esta en este país. No en esta provincia, pero si absolutamente esta dentro de las fronteras. Si sales demasiado tiempo del territorio de la nación que te vio nacer y crecer, no podrás tomar tu venganza.

-¿Responsable? ¡¿No es acaso obra de ustedes, malditos Demonios?! –soltó Vourdred.

Ante esas palabras, la figura soltó una risita apagada.

-Si, es obra de las tropas del Rey Demonio. Pero ellos nunca hubieran llegado hasta aquí de no ser por este responsable del que te estoy hablando. Esa es la razón por la cual, si quieres tomar venganza, deberías buscarle… Y vengarte de esa persona… De Parche Rojo

-¿Parche Rojo? –murmuró el cazador, con un hilo de voz.

-Si, Parche Rojo. Esa será la primera forma en que le reconocerás. Y la segunda… También tiene que ver con su rostro. Más concretamente, con su otro ojo… –la figura alzó por fin la cabeza, dejando que el humano viera en lo profundo de la capucha-. Si quieres tomar venganza, recuerda mis palabras. ¡No te alejes de este país! ¡Busca a Parche Rojo! Y cuando le encuentres…

Ante la mirada del inmovilizado humano, había un agujero profundo y oscuro.

La figura encapuchada no tenia un rostro visible, sólo negrura sin fin.

Sin embargo, allí había algo que brillaba y refulgía en la Oscuridad Infinita.

Dos ojos rojos brillantes, la característica que todos los Demonios poseen.

-Dale muerte con tus propias manos, o el perdón de tu corazón. Tú eliges…

Con estas palabras, los pliegues de tela oscura soltaron los brazos de Vourdred. Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, la mano del ser le tocó la frente. Sintió un intenso dolor, como si le hubieran puesto un hierro al rojo vivo entre los ojos.

Inmediatamente después, fue jalado por una fuerza invisible hacia atrás, siendo expulsado de su propio hogar. Mientras era llevado contra su voluntad, pudo ver como toda la choza comenzaba a arder, mientras la figura oscura observaba desde la entrada.

En un último intento de lograr algo, arrojó el alfanje contra su enemigo, pero nuevamente la tela oscura se alzo para protegerle. El arma se partió limpiamente a la mitad, como si cortaran una ramita con una espada.

Todo lo que pudo ver antes de perder el conocimiento… Fue la sonrisa en los labios rojizos… De un rostro pálido como la nieve…

Y unos ojos tan rojos como la sangre…


Nadie lo pudo anticipar a tiempo.

El suceso conocido como “La Gran Matanza”, perpetrado por los ejércitos del Rey Demonio. Ese día como cualquier otro, cientos de miles de Demonios invadieron las fronteras de los países vecinos. Los vigías apostados fueron completamente barridos por los monstruos del Infierno. Sólo las defensas del Imperio, nación que llevaba varios siglos en una guerra sin cuartel contra ellos, pudieron soportar su azote.

El resto de los países se mantenían cautelosos, pero no estaban listos para una invasión de este calibre. Incapaces de reaccionar a la celeridad del enemigo, los estrategas decidieron ser conservadores, y erigieron sólidas defensas donde pudieron.

Eso dejó a una cantidad inmensa de civiles completamente indefensos, desprevenidos y abandonados a su suerte. De la noche a la mañana, cientos de poblados fueron quemados, y el cielo se tiñó de negro por el humo de las hogueras. Tal cantidad de vidas fueron tomadas por los engendros, que las aguas de los Tres Grandes Ríos se hicieron tan rojas como la sangre.

A las tropas de las naciones invadidas les tomó meses responder. Y para cuando lo hicieron, ya era muy tarde. Los Demonios destruyeron una cantidad preciosa de tierras, salando los campos y devorando al ganado. Las pérdidas monetarias no tenían manera de calcularse, y considerando los años recientes de escasez, fue el inicio de un largo tiempo de hambrunas y necesidades.

Las pérdidas humanas se estimaron en al menos doscientas cincuenta mil vidas.

Este era un duro golpe para la humanidad. Y cuando los reyes suplicaron al Imperio que interviniera, con sus extensos y bien entrenados ejércitos, este les dio la espalda.

Era el comienzo de una época de horror para muchas naciones. Después de medio siglo de combates esporádicos de poca importancia; esta invasión a gran escala destrozó económica, militar, social, política, y anímicamente a esos países.

La Era de la Oscuridad había comenzado.

Y todo esto, por culpa de una sola persona.

Parche Rojo, el pecador que mató a doscientos cincuenta mil humanos sin mover un solo dedo. El monstruo que causó la crisis mas grave de la humanidad en toda la Historia registrada de este mundo.

Pero su existencia fue conservada como secreto. Y sólo el hombre conocido como Vourdred el Destajador conocía ese secreto.

Han pasado siete años de la Gran Matanza.

Siete años en los que el rencor de la humanidad no ha disminuido en lo más mínimo.

Si supieran de la existencia de Parche Rojo, y de su implicación en el suceso, seria asesinado por una turba furiosa con aprobación popular. Sin embargo, como nada saben, siguen maldiciendo a los ejércitos demoníacos.

Siete años en los que Parche Rojo ha cargado con este Pecado Original.

Y ha llegado la hora de pagarlo.

Continuara…

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